
Erase una vez en el bosque, un conejo feliz llamado Feliperto. Feliperto nunca tenía razones para estar triste y por eso siempre estaba
feliz. Nunca pegaba a nadie, nunca decía palabrotas y nunca cometía pecados… Siempre ayudaba a plantar en el huerto. Cómo sus papás
habían gastado todo el dinero para comprar una casa, no había dinero para pagar la escuela. Sus padres no eran malos, sencillamente no
tenían trabajo. Afortunadamente, en el huerto les quedaba comida para tres meses. Y, como fueron siempre tan buenos se convirtieron
en la mano de Dios. De repente, en sus vidas sucedieron dos milagros. Jesús el hijo de Dios les regaló una semilla mágica y un árbol para
plantar en el huerto. Así, Jesús y su familia se hicieron familiares.
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